El PLD: ¿Un congreso “sancochado” o el despunte de la renovación interna?

El PLD: ¿Un congreso “sancochado” o el despunte de la renovación interna?

Por Ling Almanzar

El Partido de la Liberación Dominicana (PLD) se apresta a celebrar su IX Congreso Ordinario José Joaquín Bidó Medina, uno de los fundadores históricos que será homenajeado en vida, tras ser derrotado en las últimas elecciones.

En realidad, no es la primera vez que el PLD haga un congreso poselectoral. En el 2000, vencido ya por el PRD, el partido morado efectuó un cónclave para analizar las causas de su revés político. El partido, ya fuera del poder, se renovó y se autocriticó. El mea-culpa le permitió masificarse cosechando el inmenso descontento con el Gobierno, y el PLD volvió al poder en 2004. Así pues, solo bastaron cuatro años para ese regreso triunfal.

La situación es ahora más traumática. Razones: el expresidente Leonel Fernández abandonó ese partido y fundó su propia Fuerza del Pueblo; él y su antítesis, Danilo Medina, se enfrascaron en un conflicto que llevó a la ruptura de ambos. Resultado: el primero fuera del partido y el segundo se quedó con el control absoluto de la maquinaria morada. El PLD es, pues, un traje a la medida de Medina. Ese es su partido. Aún más: el partido ha sufrido una sangría de dirigentes que se han ido a la Fuerza del Pueblo. Desde la campaña electoral y más reciententemente, muchos dirigentes peledeístas han saltado a la Fuerza de Leonel.

Una gran amenaza acecha al PLD: la posibilidad de que el Congreso sea “sancochado” para no llegar a la raíz de los problemas. No pocos dirigentes del Comité Central hablan de eso, y lo hacen con impotencia porque el Comité Político ha desplazado al Central y es el todopoderoso. El CP lo decide todo.

Lo que reclaman esos dirigentes del Comité Central es que se haga un diagnóstico real de la situación, y que las bases se desahoguen. Sin embargo, parecería que ya Medina lo hizo. En efecto, el exgobernante atribuyó la catástrofe electoral al hondo disgusto de los peledeístas, remisos a respaldar a sus candidatos, y achacó al dinero esa reticencia. “Si no había dinero nadie quería hacer nada”, concluyó.

Pero la queja persiste con sus razones. Un congreso se hace para analizar, con total reposo, las causas profundas de la derrota, y también para escoger nuevas autoridades partidarias y rediseñar la ideología, los frentes de masas y los comités intermedios y de base.

El Congreso arrancará el 11 de octubre y concluirá el 15 de diciembre con una gran proclama, que celebrará el 47 aniversario del partido. El PLD se enfrenta a sí mismo, buscando sus propias raíces del pasado. Ese partido nació de una división en 1973, y fue un parto político doloroso y forzado. Su líder fundador, el profesor Juan Bosch, había roto con el PRD y Peña Gómez, y decidió formar un nuevo corpus político institucional.

Bosch ya no cabía en el PRD. Cierto, había tenido un papel estelar en su fundación, en la Cuba de 1939; y se había convertido en un luchador infatigable en contra de la horrorosa tiranía trujillista. Sin embargo, varió su mentalidad ideológica y, tras ser derrotado en las elecciones de 1966, se reunió con Joaquín Balaguer y se exilió en Benidorm, España. Allí produjo obras magníficas: “Composición social dominicana”, “De Cristóbal Colón a Fidel Castro: el Caribe, frontera imperial”. Aquí, en el país, la realidad era más cruel: el régimen feroz de Balaguer aniquilaba a jóvenes talentosos y militarizaba el poder. Peña Gómez se erigió en el líder operativo del partido, mientras Bosch bajaba “línea” desde el extranjero.

Esos lineamientos eran cada vez menos respetados y obedecidos. Bosch había perdido el liderazgo real, pero había creado un ambiente de formación política y de conciencia democrática. Por ejemplo, formó un pequeño comité en el PRD (el antecesor inmediato de lo que sería el Comité Político del PLD), y fundó la revista “Política: teoría y acción”, un órgano de difusión para la educación política. Eso quiere decir que el PLD nació en el vientre del PRD, la madre fecunda de muchos partidos.

En 1973 ocurrieron grandes eventos, y vino el parteaguas. La atrevida invasión armada del coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó acabó en un rotundo fracaso, con el héroe ejecutado en las montañas. Fue ‘la última esperanza armada’, como dice Manuel Matos Moquete. Entonces Bosch declaró que ese no era Caamaño sino otra persona. Un nuevo devaneo del profesor…

La suerte estaba echada. Don Juan oficializó el nuevo partido, con un grupo de profesionales y acólitos fieles. Allí, reunido con su puñado de discípulos, sacó un papelito y dijo: “El partido se llamará Partido de la Liberación Dominicana, PLD, que suena a PRD”. (Debo esta revelación a Kabito Gautreaux.)

La idea era tener una formación política de cuadros y una avanzada para concienciar y redimir a las masas. El órgano periodístico del partido reflejaba este ideal: era, literalmente, la “Vanguardia del pueblo”. En el acto de fundación, se anunció que el neo partido nacía para culminar la obra sublime de Juan Pablo Duarte.

La primera experiencia electoral del PLD fue en 1978, cinco años después de fundado. Entonces obtuvo unos 17 mil y tantos votos, una cifra nada despreciable para un bebé político. Esos comicios marcarían el despegue electoral de la organización. Así, fue creciendo hasta conseguir sus primeros escaños en el Congreso y en los ayuntamientos.

Llegó 1990, un año estremecedor que estuvo más cerca del infierno que de la gloria. Bosch estuvo a punto de ganar, y aún se cree que le arrebataron el triunfo. La narrativa es la misma de otros torneos: el fraude colosal perpetrado por el astuto Balaguer y su Junta. El país era un hervidero. Faltó poco para una gran tragedia.

Bosch seguía fiel al marxismo. Su ideología da para un libro. Por tanto, no es el lugar para desplegar su inmensa evolución ideológica. Sin embargo, debo decir que el profesor abrazó el marxismo después de la trágica experiencia del golpe de Estado, en 1963. Ese zarpazo lo transformó y lo frustró. No exagero si digo que le cogió miedo al poder. Rápidamente, él había pasado de la ‘izquierda democrática’ bendecida por Washington, a la rebeldía liberal anti-Washington. Hay que ver en este paso un nuevo ingrediente de su compleja personalidad.

Así, convertido al marxismo, giró al centro izquierda, satanizó a Estados Unidos y se volvió un intransigente cabal. Repito: su propia personalidad informaba sus pasos políticos. Para entender esto es necesario excavar en la profunda y compleja psique del maestro. Don Juan era una sólida roca moral, un baluarte ético y una personalidad insobornable. (No quiero entrar en sus andanzas cubanas, ni en el fulminante episodio de Cayo Confite.) Si todo ello era cierto, lo llevaba a un paso más lejos: creerse más serio e inmaculado que sus adversarios.

El sueño boschista se hizo añicos. Bosch, asqueado por sus discípulos, renunció al partido y reprendió a la “burguesía trepadora” que solo buscaba cargos y prebendas. El maestro entreveía ya las fibras más deleznables de su creación política. Los peledeístas cambiaron la pureza moral por la riqueza corruptora. Esta terrible seducción material no se dio sin el abandono -y traición- de los principios, trocados en afán mercurial. Toda claudicación es negación y traición.

Bosch era un hombre decrépito y senil. Cierto, él era ya una mente carcomida y borrosa, y apenas se contemplaba a sí mismo como el Duarte del siglo XX. Ahora, en el 94′, debía preparar el relevo político, para lo cual había formado un partido -y una conciencia. Sin embargo, el peligro acechaba la transición del boschismo… Los boschistas sin boschismo ni armadura moral, se desnaturalizaron y actuaron sin miramientos de ningún tipo.

El realismo político -el pragmatismo- era su nueva ideología. El 96′ fue el gran año del nuevo PLD. El Frente Patriótico unió a dos líderes tradicionales que, unas veces aliados sutiles y otras enemigos públicos, concertaron una abigarrada alianza político-electoral. Esa alianza la forjaron los neopeledeístas pragmáticos y los balagueristas más sombríos. Era una verdadera comunión de mansos y cimarrones.

El pragmatismo ganó y arrolló a Peña Gómez, el vapuleado y difamado candidato del PRD. El PLD trocó sus prédicas en pragmatismo oficial. Así, desde el poder practicó una descarnada política de perversidad, en pro de la gobernabilidad. El punto máximo fue el Programa Eventual de Mínimo Empleo (PEME), puesto en marcha para engrasar a los desafectos.

Pero perdió y tuvo que retraerse. Se reunió la familia peledeísta en el Congreso Profesor Juan Bosch en el 2000. Debatieron las causas de su derrota y redifinieron sus estrategias. El papel era hacer una oposición firme y coherente. La familia se reunificó y volvió al poder.

Después de 16 años seguidos encaramado en el poder, el PLD afronta el mayor reto de su historia: renovarse o anquilosarse, con un liderazgo ya vetusto y sin decretos. Hay que esperar el resto.-

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