Autorretrato de Giorgio Agamben

Autorretrato de Giorgio Agamben

Por José Mármol

Debía ser, por supuesto, en el estudio, el autorretrato escrito del pensador Giorgio Agamben (Roma, 1942), uno de los más influyentes y prolíficos filósofos, politólogos y literatos del presente.

Dueño de un pensamiento paradigmático que se debe a su identificación con figuras como Martin Heidegger, Walter Bejamin, Friedrich Hölderlin, Hanna Arednt, Michel Foucault, Simone Weil, Émile Benveniste, Giorgio Pasquali, José Bergamín y Jacques Derrida, entre otros.

De hecho, como pensador crítico sobre la actualidad, Agamben fue uno de los primeros filósofos en llamar la atención acerca de la complejidad y peligrosidad que el estado de excepción, establecido por las naciones y sus gobiernos, desde inicios de la pandemia de la Covid-19 en 2020 y como forma de contener su propagación, podría implicar para la institucionalidad democrática y los derechos humanos fundamentales frente a la ambición desmedida de poder.

Atraído por los buenos y tristes recuerdos, por cierta especie de caducidad que sobre las cosas, las vivencias y los hechos impera como única forma de eternidad, y, además, por entender que estar en el estudio, es decir, permanecer en constante estado de investigación, reflexión, lectura y escritura es la forma de vida que se atiene a una auténtica práctica poética, Agamben publica el libro autobiográfico “Autorretrato en el estudio” (Adriana Hidalgo editora, Argentina, 2019), una singular forma de desandar la vida propia en función de los espacios físicos que se han habitado (estudios), los libros que han ido marcando la evolución del pensamiento, los hombres y mujeres que en base a la amistad por enseñanza, y viceversa, se han convertido en icónicas referencias y objetos de investigación, así como los amigos con los que se han compartido encuentros, vacaciones, cenas, tertulias o seminarios, al igual que los amores que incitaron o apaciguaron aquellas ansias de conocer los orígenes del pensamiento y predecir, quizás, el futuro de la cultura, conjugando la magia de la poesía con la certeza de la ciencia y lo inconmensurable de la metafísica occidental.

Una experiencia de vida entretejida con las ideas y el lenguaje; es más, en cierta forma, reducida a esas mismas ideas y el lenguaje para cultivarlas. La poesía juega un papel esencial en su sentimentalidad y cosmovisión. Rechaza a Platón por el odio que este profesa a los poetas, aun habiendo sido el filósofo griego originalmente un poeta, persuadido por Sócrates para que abandonara ese quehacer. Por rechazados y degradados, aun hoy, son los poetas los portadores de la verdad.

La autobiografía concluye de esta magnífica forma: “Amar, creer en alguien o en algo , no significa aceptar dogmas o doctrinas como verdaderos. Es más bien mantenernos fieles a la emoción que sentíamos cuando de niños mirábamos al cielo estrellado.

Y es sin duda en este sentido en el que he creído en las personas y en las cosas que he ido evocando una por una, he tratado de no olvidarlas, de respetar la palabra tácitamente dada. Pero si ahora tuviera que decir en qué he depositado por fin mis esperanzas y mi fe, solo podría confesar a media voz: no en el cielo, sino en la hierba.

En la hierba: en todas sus formas, los ramilletes de tallos sutiles, el amable trébol, el altramuz, la verdolaga, la borraja, la campanilla de las nieves, el diente de león… en todas sus subespecies y el noble acanto que recubre parte del jardín en el que paseo cada día. La hierba, la hierba es Dios.

En la hierba -en Dios- están todos aquellos a los que amé. Por la hierba y en la hierba y como la hierba, he vivido y viviré” (p.133). Conocer es conacer; amarse y amar.

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